He visto bastante y creído en lo suficiente, y de nuevo encontré algo hermoso que me cautivó. Por eso vomité del asco. He escuchado gente cantar, mentir y escupir tantas cosas parecidas a una verdad pero, de nuevo, reí.
"¿Seré yo maestro?" Me preguntó la más limpia y bondadosa de todas ellas, y le respondí: "No". La dejé ir.
"¿Seré yo entonces?" Me preguntó la más mentirosa y persuasiva de todas ellas, y le dije: "Por poco, pero no", la deje ir aun cuando ya se había volteado.
La otra me reclamaba interrogante: "¿No es esto como una imitación insípida de alguna escena antigua ya descrita?" Y le dije: "Serás tú, tú qué crees ser la más inocente y nueva de todas". Me la llevé lejos y bien adentro.
Estábamos entonces los dos solos, llenos de pensamientos sexuales y grotescos el uno del otro. Ella intentó hacer los míos evidentes usando engaños sucios y limpios a la vez, pero ni me inmute. Ella tenía miedo porque sabía que, detrás de sus ojos, lo veo yo todo: Ojos oscuros vulnerables.
Le soplé humo en la mirada para cegarla sin necesidad de promesas falsas ni palabras eternas, entonces se quitó la ropa e intento mirar dentro de mí- Quiso, pero no pudo.
"Quiero follarte porque ya no estoy segura si lo he hecho antes, quiero follarte para que así me protejas siempre entre mis labios, y entre mi pecho..." Murmuró ella con espinas en su lengua. Yo me acerqué y le dije al oído muy despacio y bien podrido: "No".
Le puse encima su miedo y me fui.
Ella regreso a su mundo, y en un jardín empezó a mentir, a balbucear, y podía sonreír por dentro y llorar por fuera, y se ahogó en sus lágrimas, de nuevo lágrimas de plástico que se quemaban en su propia ingenuidad. A los que ella complació en ese jardín le creyeron sus palabras y, a ciegas, se la follaron; las envidiosas, por otra parte, pudieron al fin gozar de dicha envidia como una virtud, pues se negaban a creer en sus vacios sollozos, irónicamente llenos de un orgullo degollado. Un orgullo extraño que tenía ella al ensuciarse, al sentir la putrefacción del mundo entre sus piernas.
Yo la observaba entre callejones y charcos pues las paredes me contaban sus andanzas; Y algunas de esas paredes estaban limpias y pulidas, mientras que otras tenían manchado encima algún tipo de sentido absurdo.
Vi cómo ella tomaba corazones y los lamia, los tocaba y luego intentaba exprimirlos. Ella solía fallar, drenando más bien la soberbia de dichos corazones antes que cualquier otra cosa que pudiese tener algo de valor. Y ella vio que esto era bueno: Alimento así su propia soberbia y su arrogancia.
En algún momento de su ser, se dio cuenta que nadie más quería tocarla, ni sentirla, ni nada en absoluto. Me llamó, acudió a mí por algún retorcido sentido de justicia.
De nuevo nos vimos, de nuevo sentí en su perfume pensamientos sexuales sobre mí. Ella quería quitarse la ropa, quería que yo se la arrancara pues estaba sucia, entonces puso mi dedo en su boca, lo acariciaba afanada con sus suaves labios, y me dijo con cinismo: "Sálvame, hazme el amor". Yo la mire apático, me acerqué a ella para besarla y, al instante que rosé sus labios con los míos, le susurré con gran placer: "No, ese tipo de cochinadas no se hacen". Y mi lengua entró en su boca, y siguió entrando cada vez más en ese cuerpo, y con ésta retorcí y mezcle sacudiendo todas las espinas, los engaños, las lágrimas y perdidas sonrisas que tenía adentro hasta ahogarla, sofocarla con lo poco que había hecho ella de sí misma.
Ella estaba de rodillas y ya débil, yo terminé por decirle simplemente: "Esto no es tu jardín, es mi mundo, Disfruta...".
-Daniel Papa
-Sir Dante Piedrahita