El techo lo construí con tiempo y novedades durante tantos años, ahora sólo suelta imágenes abstractas que en algún momento fueron mías, y que eran de todo tipo de color, sin pan y sin saliva.
Pero las lluvias pueden destruir los edificios al lavarles, y las paredes no son nunca para siempre, ni van a responder a nuestras preguntas ni demandas, ni pueden tampoco llorar ni buscar diamantes.
Y los días siguen sin importar los obstáculos, carecen de piedad, de lastima y de envidia, pero no de sentimiento.
Así mismo me protegía mi techo imaginable, y sólo a mi podía cuidarme, y era eternamente mío. Pero ya no, ahora me duelen las tormentas y mi piel se quema en el verano y se siente al rojo vivo.
Ahora puedo ver el humo de otras casas, y observar las grietas en el piso, el polvo y las heridas. Ahora siento fácilmente el cielo que se pierde en las montañas.
Entre ironías, todo lo que construimos con el tiempo, decae mientras pasa el mismo. Porque los recursos serán siempre limitados, porque a veces necesitamos la presencia de mil manos y la existencia de otras vidas.
Veo entonces el hogar de otras personas, cómo también a quienes nada tienen, mientras tanto yo corrijo mis palabras, y también tacho las paredes.
No valdría de mucho olvidar a quien me protegió, ni es fácil extraviarse entre burbujas, pero los caminos siempre se dividen, en dos o en tres, o en “nunca”.
Podremos acampar en techos, y levantar murallas, pero el movimiento es necesario para poder avanzar. Y puede que el aire nunca pueda protegernos, pero que bien se siente la brisa en esta cara.
- Sir Dante Piedrahita